El juicio se ha iniciado hoy, 536 días después de la detención con el cuerpo de un infante escondido en el maletero del coche, y las lágrimas de cocodrilo de una asesina no han enternecido en absoluto las crispadas emociones del pueblo que aguarda severa sentencia por el asesinato del pequeño Gabriel. Aunque no tardará en vomitarse la demagogia acostumbrada de esta progresía desquiciada que como Luis García Montero llegó a clamar en el 2018: “ana julia somos todos”.

España no es un país de analfabetos aunque profesores universitarios como Pablo Iglesias confundan a Newton con Einstein o a Largo Caballero con Sto. Tomás de Aquino. En todo caso es poco culto y atrapa con pinzas los argumentos repetidos como a loros. El pensamiento ha degenerado en ocurrencia y la ocurrencia en necia aberración. De ahí las estrambóticas inquisiciones que porfían por comandar las directrices sociales y convertir en dogma la insensatez. Da igual lo que se diga desde los atriles, o desgañitándose  a pecho descubierto, todo es susceptible de creencia.

Los discursos populistas suplen a la cultura literaria y más  valiera a las gentes leer porque aunque saben escribir no saben pensar, siquiera son capaces de interpretar un razonamiento o un texto. Y votan. Por ellos se reescribe la Historia y el memorándum resumido de insultante tradición occidental en el siglo XXI. Sumisos en la histeria colectiva conforman una mesnada de descerebrados llamados a confrontar contra el sistema en general.  El objetivo es derruir las bases de convivencia para levantar otra sociedad amoral y transgresora, sin límites entre la noción del bien y del mal. Una anarquía de la universalidad y el concepto de la humanidad. Y en ello están con oyentes que se dejan llevar y se creen lo que les dicen por muy insensato que sea. Luego en las urnas ejercen derecho a voto. Sin más.

España sí es una nación agobiada donde se lee poco y se aprende nada, sobre todo de las lecciones de Historia que por ignorancia del pueblo tienden a reescribir malintencionados e ignorantes. Es el caso del impresentable y retorcido moralista de asesinos, Luis García Montero, quien esgrimió argumentos propios de la demagogia más petulante y repulsiva para acabar sentenciando, el muy canalla, que aquí todos éramos la tal ana julia quezada, asesina del pequeño Gabriel. Quien no peca de analfabetismo propiamente dicho, es un gilipollas de baja calaña. En España el  lerdo de solemnidad padece la confusión del conocimiento, pero sobre todo es padecimiento para quienes son súbditos de un país donde alguien tan iletrado y ocurrente hasta el ridículo pretendía ser presidente del gobierno, ahora negociando en cambalache vicepresidencias y ministerios con otro iletrado aficionado a las mieles del Falcon, verbigracia, explotador de dinero público. El problema no es que se hayan colado por el tamiz de la manipulación grotescos personajes metidos a políticos de bajos vuelos, sino la intencionalidad que subyace más allá del juego democrático para coger las riendas de este país nuestro y transformarlo en la Venezuela europea. El mestizaje poblacional redunda en la pérdida de valores y por ende de los derechos como ciudadanos españoles que quedan diluidos en un totum revolutum de humanidades, razas y paisanajes tan variopintos como exentos de respeto identitario. El mal está bien y el bien otrora aceptado como actitudes de comportamiento colectivo ha sido atacado hasta diluirlo en la pérfida revisión moral que parece dirigir el propio Satanás. Y vade retro si continúa esta hecatombe de la manipulación al precio de la honra perdida porque si se permiten estos despropósitos, rayanos en la criminalidad, no tardará España en acusar severamente el hostigamiento de estas masas enfervorizadas por la estulticia y la desorientación psicológica convertida en guía de inconcebibles, pero influyentes, trastornados. Porque polarizar a una asesina cono la tal ana julia quezada con la conciencia social, con ese pelaje vil de filosofía barata en que se envolvió esta bestia de la manipulación monteresca sin vergüenza, mezclando churras con merinas al antojo de no se sabe qué estímulo creativo, da cuenta del percal estrafalario y vil que mueve a ciertos políticos e ¿intelectuales? con tal de arremeter contra la dignidad de lo correcto y sensato, por muy obligadamente imperfecto que sea.

Ninguna sociedad es ideal, pero en España la imperfección radical va camino de convertirse en la aceptación colectiva si no se pone coto democrático a esta ofensiva contra la verdadera libertad. Argumentar que todos somos la tal Ana Julia, con la polémica ambigüedad que se sonsacaba en la reflexión sobre estimulada de Montero, fue de una mezquindad acorde con los tiempos inmisericordes de la demagogia barata que venden impunemente estos oportunistas hambrientos de poder por la intolerancia… eso sí, disfrazada de justicia social y fraternidad: el cebo para tontos: los mismos que votarán a Pedro Sánchez si se celebran elecciones de nuevo.

Lo que está claro con futuro sanchismo o sin él, es que la asesina de Gabriel habrá de pasar muchas décadas en la cárcel, porque el jurado popular sí somos todos los que nos estremecimos con el relato de terror y psicopatía que asesinó a una criatura inocente.

1 COMENTARIO

  1. Lo de García Montero no tiene perdón de Dios ni de los hombres. Bajo mi punto de vista, debería, sólo por el hecho de asumir una opinión tan absurda -aunque bien interesada- acompañar a la asesina todos y cada uno de los años que esperan a ésta en prisión.

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